martes, 16 de julio de 2019

“Hacerse la buena esposa” o el peso de las normas sociales

Como cada verano, he impartido este mes el curso de Economía de Género en la Escuela de Verano de la Barcelona Graduate School of Economics. Durante una semana y con dos docenas de asistentes internacionales, discutimos sobre brechas de género en el mercado de trabajo y los factores que pueden explicar tanto la convergencia histórica como la persistencia de diferencias importantes en la actualidad. Organizo las clases en torno a los factores principales que se han explorado en la literatura económica. ¿Por qué siguen las mujeres ganando de media menos que los hombres? Podría deberse a diferencias en productividad, a diferencias en preferencias (por ejemplo, elección de distintas ocupaciones o de trabajos con distintas condiciones), o a la existencia de discriminación.

Existe sin embargo una literatura reciente que no acaba de encajar en ninguna de estas grandes explicaciones, y es la que destaca el papel potencialmente importante de las “normas sociales”, que pueden hacer que las personas elijan acciones que se corresponden con lo “socialmente esperable” para la categoría a la que pertenecen (por ejemplo, hombre o mujer), porque desviarse de esos comportamientos pueda implicar costes importantes.

¿Cómo confirmar o refutar esta posibilidad? ¿Cómo distinguir entre preferencias personales y prescripciones sociales o culturales? Supongamos que comparamos a mujeres y hombres con formación y capacidades similares, y que las mujeres de media tienen menos ambiciones profesionales que los hombres, eligen trabajos menos exigentes, y dedican más tiempo a cuidar de sus hijos. ¿Cómo detectar un posible papel de las “normas sociales”, más allá de las preferencias individuales?

Un trabajo reciente de Leonardo Buszstyn, Thomas Fujiwara y Amanda Pallais (aquí) trata de acercarse a esta pregunta. Recogen datos de estudiantes de MBA de una prestigiosa universidad norteamericana, hombres y mujeres para los que observan sus calificaciones en distintos exámenes, trabajos y asignaciones escritas, y también sus notas de participación en clase. Primero comparan mujeres y hombres solteros y casados, y no encuentran diferencias entre los cuatro grupos (hombres solteros y casados, mujeres solteras y casadas) en la nota media en los exámenes, ni en las asignaciones y trabajos escritos. Sin embargo, las mujeres solteras participan en clase menos que los demás grupos. Los autores sospechan que quizá estas mujeres, de media tan capacitadas como el resto de sus compañeros, no quieren señalar competencia o ambición profesional cuando sus compañeros (y parejas potenciales) las observan.

Para explorar esta posibilidad en mayor profundidad, realizan una encuesta sobre las ambiciones profesionales de los estudiantes. A algunos se les dice que sus respuestas son anónimas. A otros (seleccionados aleatoriamente), que sus respuestas serán observadas por sus compañeros. Se les pregunta por su futuro profesional una vez terminados los estudios: su salario deseado, así como su disponibilidad para viajar y para trabajar muchas horas. No encuentran diferencias entre los dos grupos (respuestas anónimas versus públicas) para hombres solteros ni casados, ni para mujeres casadas. Sin embargo, las mujeres solteras, cuando saben que sus respuestas serán observadas por sus compañeros, expresan salarios deseados más bajos, y una menor disponibilidad para viajar y trabajar muchas horas.

En la figura que reproduzco abajo, se puede ver que el salario "deseado" de las mujeres solteras es un 14% inferior cuando la información es pública, comparado con cuando es anónima. Los autores interpretan que estas mujeres se “hacen la buena esposa” cuando se saben observadas, como si señalar ambición profesional fuera un rasgo no deseado para sus parejas potenciales.

Esto parece sugerir que una posible razón por la que las mujeres puedan ser menos ambiciosas en el mercado laboral sea que la ambición, que puede tener retornos profesionales y monetarios positivos directos, puede tener para las mujeres costes indirectos en el plano personal, o al menos así lo perciben ellas. Los resultados también sugieren que las preferencias no parecen ser muy diferentes entre hombres y mujeres en general, pero que las mujeres (solteras) “esconden” sus aspiraciones profesionales.

¿Existe alguna evidencia directa de estos posibles costes personales de la ambición profesional? ¿Hacen bien estas mujeres en disimular sus aspiraciones? En esta entrada anterior, Santi nos contaba un trabajo con datos de Suecia donde se demuestra que cuando una mujer accede a un cargo de alto prestigio y responsabilidad, como una alcaldía o un puesto en el consejo de administración de una empresa, su probabilidad de divorcio aumenta considerablemente, cosa que no ocurre con los hombres que acceden a cargos similares. Este trabajo de Bertrand y coautoras también sugiere que las parejas en las que la mujer gana más que el marido tienen una mayor probabilidad de divorcio.

¿Qué concluir de estos resultados tan deprimentes? De cara a la investigación, parece que las brechas de género que persisten en el mercado laboral pueden tener su origen no sólo en las explicaciones tradicionales de diferencias en productividad o preferencias o en la existencia de discriminación, sino en factores culturales que penalizan el éxito laboral entre las mujeres en el plano personal. De cara a conclusiones prácticas, sigue siendo relevante el consejo de Manolo Arellano (y Manuel Bagués) en esta entrada: la importancia de elegir bien a la pareja, en particular para las mujeres, de modo que no sea necesario elegir entre el éxito profesional y el familiar.

Me atrevo a concluir con una reflexión personal: quizá todos, hombres y mujeres, podemos hacer un esfuerzo para reducir el impacto de las normas sociales, de modo que cada individuo pueda ser más libre para seguir sus inclinaciones, perseguir sus ambiciones, y respetar sus preferencias personales y las de los demás. Que, por ejemplo, los padres que pidan excedencia para cuidar de sus hijos porque así lo deseen no se sientan “mal vistos” en su empresa o entre sus amigos, y las mujeres que deseen continuar con su carrera profesional después de tener hijos puedan contar con el apoyo de su pareja y de la sociedad.



lunes, 15 de julio de 2019

A vueltas con los robots y con los algoritmos

Últimamente hay dos temas que surgen recurrentemente en (casi) todas mis conversaciones con colegas y amigos. Uno es, como no, futbolístico: la renovación del Real Madrid; otro se refiere a las consecuencias de la robotización y de la inteligencia artificial sobre el mercado de trabajo y el crecimiento económico. En cuanto al primero, dejaré mis opiniones para mejor ocasión, aun cuando esas conversaciones a veces derivan en una discusión "apasionante" sobre si veremos pronto "robots" en las alineaciones de nuestros equipos favoritos (algunos prototipos ya parecen cumplir algunos de los requisitos necesarios para ello). En cuanto al segundo, existe una enorme ansiedad sobre las consecuencias económicas del desarrollo de la robótica y de la inteligencia artificial y prácticamente todos los días, en medios de comunicación y redes sociales, aparecen nuevas opiniones y datos, en particular, sobre cuántos empleos "nos robarán los robots". Hubo un tiempo en el que los principales temas de investigación en Economía Laboral iban de  "personas"; ahora van de "robots".

Recientemente he escrito dos artículos científicos sobre el impacto económico de la automatización  (1 y 2) y hace unos días tuve que redactar unas breves notas de presentación de los principales resultados del segundo de ellos para el acto de entrega del X Premio de Investigación de la Cátedra UAM-Accenture en Economía y Gestión de la Innovación. En esta entrada resumo los principales mensajes en los que hago especial hincapié en mis conversaciones sobre esta cuestión y reproduzco las notas redactadas para dicho evento, en la forma de respuestas a dos preguntas propuestas por sus organizadores.

Lo que no hay que olvidar (pero a veces se olvida)

Los principales mensajes  que repito en las conversaciones sobre los efectos económicos de la robotización y de la inteligencia artificial son los cuatro siguientes.

En primer lugar, conviene tener en cuenta que estamos hablando de desarrollos tecnológicos incipientes sobre cuyo verdadero potencial existe mucha incertidumbre, No existe acuerdo ni siquiera sobre lo que es "inteligencia artificial": ¿se trata de conseguir máquinas que reproduzcan los procesos mentales de los humanos o de resolver problemas con enfoques alternativos con resultados parecidos a los que obtendría un humano?. En cualquier caso, lo que sí sabemos es que se trata de desarrollos tecnológicos que se están produciendo muy rápidamente y que son fácilmente reproducibles y acumulativos (un algoritmo que resuelve un determinado problema permite avanzar en la solución de otros problemas distintos).

La buena noticia es que estos desarrollos tecnológicos se están produciendo en un momento muy oportuno, en el que por desarrollos demográficos que hemos comentado frecuentemente (por ejemplo, aquí y aquí)  la población en edad de trabajar va a disminuir significativamente. En otras palabras, vamos a un escenario en el que seremos "más y muchos viejos". Pero también hay malas noticias. El envejecimiento de la población en edad de trabajar no favorece ni la innovación ni la difusión tecnológica de nuevos avances tecnológicos.

En el pasado los avances tecnológicos han sido complementarios al capital humano y han producido aumentos de la productividad con cambios en la composición sectorial y ocupacional del empleo, pero sin disminuciones de este. Sin embargo, los robots y los algoritmos parecen tener un mayor alcance disruptivo sobre el empleo por su potencial para sustituir al trabajo humano en todo tipo de tareas, también en aquellas asociadas al trabajo cualificado. Si este fuera el caso, la reinserción laboral de los trabajadores desplazados por el cambio tecnológico, que en el pasado se consiguió mediante la inversión en educación y en formación profesional, tendría que producirse por otras vías, principalmente por la innovación, entendida como la generación de nuevas tareas de producción que, al menos inicialmente, solo pudieran ser desarrolladas por trabajadores.

Finalmente, conviene no olvidar las restricciones agregadas y los efectos de equilibrio general. La innovación tecnológica es una actividad productiva que requiere inversiones; la automatización (i.e., la introducción de robots y algoritmos en procesos de producción) también. Además, la automatización es una actividad subsidiaria de la innovación (no se pueden automatizar tareas que no han sido inventadas). Esto implica que si la automatización avanza muy rápidamente habrá menos innovación y que con menos innovación habrá menos automatización en el futuro. Por estas y otras razones, no hay que cometer el error de extrapolar al  empleo agregado lo observado en empresas que aplican los nuevos desarrollos tecnológicos (que, como se puede observar aquí, parece ser muy positivo para el empleo y la productividad de esas empresas).

Optimismo, pesimismo y todo lo contrario

Y, con las premisas anteriores, ahora la respuesta a las dos preguntas.

¿Tiene sentido mantener una visión optimista sobre los efectos de la digitalización sobre el empleo? Como todos los cambios tecnológicos que han ocurrido en el pasado, la digitalización, la automatización y los nuevos desarrollos tecnológicos basados en la robótica y en inteligencia artificial, tienen tres efectos directos sobre el empleo. En primer lugar, aumentan la productividad haciendo que los factores productivos (capital y trabajo) sean más eficientes. En segundo lugar, desplazan a algunos trabajadores de su puesto de trabajo (algunas ocupaciones desaparecen). Finalmente, crean nuevas oportunidades de empleo (aparecen nuevas ocupaciones).

El primero de estos efectos (crecimiento de la productividad) es lo que ha permitido aumentar los niveles de vida a lo largo de la historia y, especialmente, en los dos últimos siglos. Con el aumento de la productividad, se produce un aumento de los salarios, el consumo y la producción. Lo que muestra la evidencia histórica es que dicho aumento de la producción mantiene la demanda de trabajo, por lo que, al final, el empleo incluso aumenta, si bien con cambios sectoriales u ocupacionales en función de la naturaleza de los avances tecnológicos que pueden favorecer más algunas capacitaciones profesionales que otras. Este sesgo a favor de determinadas cualificaciones profesionales también surge por el tercero de los efectos citado anteriormente, es decir, las nuevas oportunidades de empleo están principalmente asociadas a los sectores y ocupaciones con mayor desarrollo tecnológico.

Es el segundo de los efectos (el desplazamiento de trabajadores) el que en la actualidad genera más ansiedad. Se tiene la impresión de que los nuevos desarrollos tecnológicos basados en la robótica y en la inteligencia artificial, más que aumentar la eficiencia de los factores tradicionales de producción, pueden sustituirlos y, en lo que se refiere al trabajo, pueden hacerlo a lo largo de toda la distribución de cualificaciones. Por otra parte, si esto es así la reinserción laboral de los trabajadores tendrá que hacerse fundamentalmente a través de la creación de nuevas ocupaciones y no, como en el caso del progreso tecnológico que aumenta la eficiencia de los trabajadores, a través de la educación y de la formación profesional. En este escenario, serían, por tanto, las innovaciones de producto, las nuevas ideas que generan nuevos bienes y servicios con valor económico, las que pueden sostener el crecimiento económico y el empleo.

Estas reflexiones sugieren que hay mucha incertidumbre sobre los efectos de los nuevos avances tecnológicos sobre el crecimiento económico y el empleo. Si se mantiene la innovación y se orienta hacia nuevos desarrollos tecnológicos que sean complementarios al trabajo humano y este se sigue mejorando mediante la educación y la formación profesional, cabe ser optimista. Si, por el contrario, la innovación se reduce y las inversiones se dirigen desde ella hacia una automatización que desplaza el factor humano, el empleo y los salarios se reducirán y la desigualdad de renta aumentará.

(Por lo que a mí respecta soy de los que piensan que en Economía y en la vida, en general, la actitud inteligente es la del pesimista. Si lo eres, te preparas para lo peor y el mundo es mejor cuando te equivocas. Si eres optimista, no haces los deberes y tu estado de ánimo solo puede empeorar).

¿Qué se debería hacer por parte del sector público y las empresas para que los efectos positivos se produzcan realmente? Para que el escenario favorable se materialice, la política educativa es crucial. La revolución tecnológica 3.0 (el desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación) ha conseguido que la información sea un recurso universal y fácilmente accesible y que prácticamente toda actividad humana pueda ser transmitida en forma de información. La revolución tecnológica 4.0 (el desarrollo de la robótica y de la inteligencia artificial) puede hacer prescindible al factor humano en la conversión de información en conocimiento.

Ello tiene dos implicaciones importantes. En primer lugar, si vamos a convivir en mayor medida con información masiva y con robots y algoritmos que realizan cada vez más tareas, parece necesario priorizar la formación en materias que permitan acceder, seleccionar y discriminar entre la información masiva y entender cómo los “nuevos trabajadores” (robots y algoritmos) operan con dicha información. Esto implica, entre otras cosas, universidades con menos enseñanzas escolásticas y más formación funcional. En concreto, la formación en STEM (acrónimo inglés de Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) debería ganar peso en todas las áreas de conocimiento.

En segundo lugar (como ya avancé aquí), la universidad debería recuperar su vocación de formación transversal y de promoción de la innovación científica y tecnológica sin barreras artificiales entre áreas de conocimiento. Las universidades y otras instituciones educativas de postgrado que se mantengan con diseños y organizaciones del siglo XIX y con profesores que dejaron de formarse en el siglo XX (u otros más jóvenes pero intelectualmente más anticuados que los anteriores) fracasarán si lo que pretenden es crear los profesionales, académicos e investigadores de lo que queda del siglo XXI.

Por su parte, las empresas deben reconocer que los cambios tecnológicos implican también profundos cambios en la organización del trabajo. Un puesto de trabajo requiere la realización de varias tareas y la automatización, robotización e implantación de la inteligencia artificial puede contribuir a la mejor realización de algunas de ellas. La búsqueda de complementariedades entre trabajo humano y nuevas tecnologías, en lugar de la simple sustitución de trabajadores por máquinas y algoritmos, y el desarrollo de nuevas ocupaciones que creen nuevos bienes y servicios con valor económico son fundamentales para el mantenimiento del empleo y el crecimiento sostenido de la productividad. Se trata pues de convertir los robots en “cobots” (robots colaborativos) y en promover la creatividad, el buen juicio, la sabiduría y, en definitiva, la inteligencia colectiva en todas las organizaciones, tanto en el sector privado como en el público.



domingo, 14 de julio de 2019

El poder de los medios de información: evidencias y preguntas candentes

Parece ser que fue Salvador Dalí quién dijo "que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí, aunque confieso que me gusta que hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien", si bien ya Cervantes recogía esta idea en el Quijote cuando hablaba de la cortesana que "quedó satisfecha por verse con fama, aunque infame". Viene esto a cuenta de un trabajo de hace unos meses que analiza el papel de los medios de comunicación en la mejora de resultados del United Kingdom Independence Party (UKIP) en la última decada, y que creo relevante en el contexto político español actual, pero también desde un punto de vista mucho más general, que discutiré al final del post.

El artículo que traigo hoy aquí se titula "Does Media Coverage Drive Public Support for UKIP or Does Public Support for UKIP Drive Media Coverage?" (¿Dirige la cobertura mediática el apoyo público al UKIP o es el apoyo público al UKIP el que dirige su cobertura mediática?), y es obra de Justin Murphy (en cuya web se puede encontrar el artículo, el software del análisis y los datos) y Daniel Devine, de la Universidad de Southampton. Las dos variables fundamentales del trabajo son los datos de encuestas de la empresa Ipsos MORI, sobre intención directa de voto al UKIP, y el número de artículos que mencionan mentioning ‘UKIP’ o ‘UK Independence Party’ en periódicos nacionales del Reino Unido indexados en la base de datos Nexis, lo que arroja un total de más de 65 000 artículos. La evolución temporal de estas dos magnitudes se recogen en los dos gráficos a continuación:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así, sin más que una impresión visual, parece que hay una cierta relación entre intención de voto y artículos publicados, pero es difícil afirmar mucho más basándonos solo en estos gráficos. Por ello, los autores del trabajo utilizan una doble aproximación al problema: un análisis econométrico riguroso, seguido de un estudio más cualitativo de lo sucedido durante el período histórico de interés, que como veremos es revelador. El estudio econométrico, en el que al igual que en otras ocasiones no entraré por no meter la pata más de lo habitual, combina autoregresión vectorial (VAR, en inglés) con un test de causalidad de Granger. El análisis considera, además de las variables ya citadas, la tasa de desempleo y el porcentaje de gente que cita la inmigración como un problema en las encuestas. La autoregresión no muestra evidencia de que los cambios en la intención de voto originen cambios en la cobertura mediática, pero sí muestra evidencia significativa de lo contrario, es decir, de que la cobertura mediática influye en el apoyo popular. En cuanto a la causalidad de Granger, se encuentra igualmente que la variable artículos Granger-causa la variable intención de voto, pero no al revés. Por otro lado, la cobertura y el apoyo popular no están correlacionados positivamente con la inmigración o el desempleo, pero sí se observa correlación con los meses en los que se celebran elecciones europeas (no con las generales), lo cual es un resultado muy interesante. Como tests adicionales de robustez de los resultados, los autores utilizaron las mismas técnicas con datos semanales (que requieren una cierta elaboración, en particular de las encuestas) en vez de mensuales, obteniendo resultados cualitativamente similares. Como segunda comprobación, incluyeron otras variables, como porcentajes de voto ganado por el UKIP, o eventos notables como el referéndum del Brexit, llegando de nuevo a las mismas conclusiones. Tercero, consideraron en vez de artículos sobre el UKIP artículos sobre sus líderes, una vez más sin grandes cambios. Así que las conclusiones, en lo cuantitativo, parecen bien establecidas.

Entremos ahora a una discusión más cualitativa, de corte histórico. Para ello, fijémonos en los períodos identificados por los autores como relevantes: los meses de cobertura exógena, que son aquellos en los que el apoyo popular se estanca o decrece en los dos meses anteriores a la vez que aumenta la cobertura mediática, y los de apoyo exógeno, en los que a la inversa la cobertura se estanca o decrece y el apoyo crece en los dos meses precedentes. Estos puntos son los que se identifican por líneas en la siguiente gráfica (punto-raya, cobertura exógena, rayas largas, apoyo exógeno).

 

Uno de los eventos más relevantes tiene lugar entre agosto y noviembre de 2012, cuando el número de artículos publicados sobre el UKIP pasó de 198 a 248. Ese período contiene dos meses (julio y septiembre) de cobertura exógena, aumentos de cobertura con apoyo popular constante o en caída, que preceden el pico de apoyo de octubre. Por supuesto, es imposible demostrar causalidad, es decir, que estos meses de incremento de cobertura son los responsables del pico en apoyo, pero el patrón está de acuerdo con los resultados analíticos y por otra parte se repite en varias ocasiones en la serie histórica, mientras que el contrario (apoyo exógeno incrementando cobertura) no se observa. De hecho, es todavía más dramático el pico de apoyo de 2014, que definitivamente sacó al UKIP del casi-anonimato, precedido por otros dos meses de cobertura exógena.

Por supuesto, este estudio está sujeto a muchas posibles objeciones (entre las que destacan las muchas que se pueden plantear a la causalidad de Granger) y desde ya mismo quiero dejar claro que no podemos tomarlo como la última y definitiva palabra sobre el tema. Dicho eso, este es un trabajo especialmente interesante porque, si bien no es el primero que muestra la capacidad de los medios de generar apoyo para partidos pequeños, en particular de extrema derecha, sí es el primero que lo hace en un sistema mayoritario (en cada circunscripción gana el candidato con más votos) y muy bipartidista, un escenario muy opuesto a que se genere apoyo para partidos pequeños, si no por otro motivo sí por razones estratégicas. Por tanto, y de nuevo tomando con precaución el estudio, sí parece necesaria una reflexión sobre el papel de los medios en un sistema democrático. Como dicen los autores (la traducción es mía),

(...) en una economía liberal y de mercado como es la del Reino Unido, uno esperaría que las preferencias de los consumidores sean muy determinantes para la actividad periodística, ya que los periodistas producirán noticias para empresas que compiten en un mercado abierto. Si los periodistas, que nadie ha elegido, pueden suscitar apoyo para partidos populistas de derecha en una economía liberal y de mercado, históricamente bipartidista, yendo contra las preferencias del votante y el consumidor medianos, entonces el poder de esos medios no elegidos de transformar los resultados políticos es no sólo una importante cuestión normativa para unos pocos casos de alta visibilidad sino, en general, para la democracia liberal. 

Aquí dejo al lector que haga los paralelismos que quiera con la situación española, y que se haga sus propias reflexiones. No hablo aquí solo ya de las posibles causas del ascenso en votos de un partido como Vox, sino de un paso más allá: de la posibilidad de que los partidos (y no solo ellos) se aprovechen de este poder de los medios para granjearles apoyo a base de generar debates y noticias más o menos artificiales. Hay muchos otros aspectos importantes en la relación entre información y política que merecen un análisis riguroso, como nos contó Manuel Bagües en este post sobre la concesión de la medalla Clark a Matthew Genzkow (post más que recomendable si se quiere profundizar en las fuerzas económicas que influyen en los medios en la línea del párrafo anterior, y que aporta alguna evidencia más sobre el impacto de los medios en el comportamiento de los electores). Y es más, me voy a atrever a dar otro paso más allá y a sacar este posible efecto de los medios del ámbito de la política y a plantear el debate del efecto de los medios, por ejemplo, en la propagación de conductas criminales. Haría falta un, no, muchos estudios muy serios para intentar establecer si hay influencia entre que haya muchas informaciones sobre cosas tan horribles como la violencia machista y que se registren más casos, con el agravante de que está el factor confounding de que antes se denunciase menos, y ahora más, entre otros. Pero por otro lado no se puede ignorar el dolor de las víctimas y hacer que se sientan ignoradas o abandonadas, así que esto es un problema muy serio. Otro ámbito dónde este problema es relevante es en la información sobre empresas o productos financieros, pienso por ejemplo en las criptomonedas. El papel de los medios de comunicación, de las redes sociales, y en definitiva de todas las fuentes de información es cada vez más relevante en todos los aspectos de nuestra sociedad, y esto sin entrar en el fenómeno de las fake news, o de la intervención de terceros en el debate interno de los países.

Aunque se suele atribuir a Stan Lee en el primer cómic de Spiderman, en realidad fue Franklin D. Roosevelt quién, en un discurso dos días antes de morir, dijo la famosa frase "un gran poder conlleva una gran responsabilidad". Creo que hay que entrar a fondo en evaluar, con evidencias claras, abundantes datos y métodos serios, cuánto de grande es ese poder de los medios, para poder exigir la correspondiente responsabilidad.



viernes, 12 de julio de 2019

Tiene usted derecho a permanecer en silencio

Sin la pretensión de alterar la correspondencia de la libertad de expresión con un derecho fundamental de las sociedades actuales, no pocas voces de la intelectualidad moderna apuntan a que el sistema capitalista ha conseguido apoderarse de sus bondades para garantizarse y perpetuarse como modelo hegemónico. Desde estas latitudes del pensamiento se argumenta que la libertad de expresión contribuye a identificar los deseos y las aspiraciones colectivas de la sociedad para que su producto pueda ser reciclado y digerido en dosis inocuas para la supervivencia y reinado de las relaciones de poder vigentes. De esta forma se arguye que la libertad de expresión, como tal, no sólo no representa una amenaza para tales relaciones de poder, sino que en realidad brinda oportunidades de prevención de posibles atisbos de caducidad del sistema. Nótese que la libertad de expresión se sitúa en una fase preliminar a lo que podría ser considerado como el “derecho de la libertad de acción”, y que por tal razón se debe identificar con anterioridad a su concreción como posible amenaza potencial, inoculando en la libertad de opinión el espejismo de un privilegio, disfraz secreto de una inadvertida obligación. Atendiendo a la óptica mercantil y al modelo de consumo comercial la libertad de expresión también parece “dada” en beneficio del consumidor, pero una vez desentratañada la lógica del marketing y los intereses ocultos de las redes sociales y el big data, el verdadero beneficiario de la existencia de un pensamiento transparente queda concretado en el poder económico y empresarial del actual modelo capitalista. Expresar en voz alta una opinión pasaría a ser así no sólo una obligación que se encubre como un derecho, sino un mecanismo reciclador cuya pretensión es asegurar los privilegios del receptor, nunca del emisor. Una conclusión que podría extrapolarse al ámbito político, donde el electorado […]

La entrada Tiene usted derecho a permanecer en silencio aparece primero en El Captor - Economía y Opinión.



jueves, 11 de julio de 2019

Una nueva lectura de Adam Smith

De Carlos Martínez Gorriarán

Adam Smith es considerado el padre del pensamiento económico moderno, pero su pensamiento aún es más interesante. Hace poco me vi envuelto en Twitter en un ácido intercambio sobre política y economía donde algunos sedicentes liberales invocaron el nombre de Adam Smith en vano. Respondí con un hilo de Twitter sobre el gran pensador escocés que amplío en este post. Schumpeter objetó que su obra económica incluía pocas ideas originales e incluso que estaba más atrasada que las de algunos antecesores, pero también que Smith escribió la síntesis que la época necesitaba. Creo necesaria una lectura más amplia que la puramente económica para entender por qué fue uno de los filósofos más originales y profundos de la Ilustración y, sobre todo, por qué sus ideas seminales siguen vivas, capaces de suscitar controversias iluminadoras.

Adam Smith inició la investigación que iba a producir su obra económica clásica por un punto un tanto sorprendente: la filosofía moral. Su Teoría de los sentimientos morales, publicada en 1759, fundamenta el hoy mucho más famoso La riqueza de las naciones, de 1776, obra que tuvo enseguida un gran impacto en Europa, con numerosas traducciones a las principales lenguas nacionales; la primera española, de un resumen parcial de Condorcet, data de 1792.

El brillo de las ideas de Smith sobre el origen de la riqueza, con el papel motor de la división del trabajo en la célebre fábrica de alfileres, el mercado y su famosa “mano invisible”, los tipos de valor de cambio y de uso, el rechazo del colonialismo y de la concepción mercantilista del comercio como un juego de suma cero, etc., explican el relativo eclipse posterior de su filosofía moral, nacida del prolongado debate con su amigo David Hume, como explica Rasmussen en un interesante libro. Pero la economía liberal de Adam Smith no se comprende adecuadamente sin entender su visión previa de la naturaleza moral, actualizada hoy por las ciencias cognitivas.

Las ciencias cognitivas forman un archipiélago que incluye neurociencia, psicología evolutiva, filosofía de la mente y otras disciplinas. Han dado la vuelta a la concepción intelectual y dualista de la naturaleza humana dominante desde Platón y reelaborada por los racionalistas e idealistas modernos, como Descartes, Spinoza, Kant y Hegel. Muy brevemente, esa concepción sostiene que los seres humanos somos un compuesto de cuerpo y alma racional (o espíritu, conciencia, mente o como queramos llamarlo); la razón debe controlar y someter las pasiones, instintos y necesidades corporales irracionales causantes de todo tipo de problemas, pues la razón es la principal fuente del conocimiento.

El modo cognitivo de comprendernos es bastante diferente: no somos tanto seres racionales afectados por pasiones e instintos irracionales que debemos domar, como seres emocionales dotados de razón: las ideas forman el final de una cadena iniciada por las sensaciones y seguida por emociones y sentimientos, sin las cuales no hay conocimiento ninguno. Lo explica muy bien en esta entrevista el neurocientífico Antonio Damasio. Así pues no somos seres duales, sino unitarios y (más o menos) coherentes: no hay frontera entre mente y cuerpo, ni entre las emociones y sentimientos y la razón. Hay un continuum, aunque (por motivos que no puedo explicar aquí) nos imaginemos (más o menos) como mentes o conciencias alojadas en cuerpos.

No hay economía sin naturaleza moral

Tal continuidad implica no sólo que el pensamiento racional está inevitablemente fundado en sentimientos y emociones, sino que todas las acciones típicamente humanas tienen continuidad y coherencia. Por ejemplo, la moral y la economía, como propuso y sostuvo Adam Smith. Podría decirse que somos seres económicos porque somos seres morales o sociales. Un punto de vista revolucionario contra dos mil años de tradiciones filosóficas y religiosas partidarias de que la economía es algo inmoral o amoral, como siguen pensando no sólo los altermundistas e izquierdistas, sino algunos que se consideran herederos de Adam Smith y creen, equivocadamente, que debemos separar la economía de los asuntos morales en su más amplio sentido ilustrado (que incluye el bienestar psicológico y político).

El acertado punto de vista de Adam Smith sostiene en cambio que la comprensión de la economía exige la correcta comprensión de la naturaleza moral. La razón es que la actividad económica se basa en los mismos principios instintivos, naturales, que la conducta ética y social.

Smith llegó a la conclusión de que el motor principal de la moralidad es lo que llamó “simpatía”, equivalente a la empatía actual. Y acertaba de pleno: hoy sabemos que el altruismo, la compasión y la cooperación, pero también la competencia, la rivalidad y la agresión, derivan de la empatía, firmemente anclada en nuestro equipamiento neurológico innato (como explica este artículo). Impresiona que Adam Smith, basándose únicamente en la observación y la reflexión, llegara a la conclusión, nada obvia, de que su simpatía fundamenta la conducta  moral y social, y también la actividad económica. Así, la división del trabajo, motor de la economía, es “consecuencia necesaria” de la dependencia social, con “la propensión a trocar, permutar y cambiar una cosa por otra”, y “consecuencia necesaria de las facultades de la razón y el lenguaje” (La Riqueza de las naciones, I, 2).

El caso es que Jean Jacques Rousseau, con su teoría de la maldad de la sociedad y de la cultura (y de la economía), enemigas de la bondad humana natural, teoría equivocada y peligrosa, influyó mucho más que Adam Smith en la corriente principal de las ciencias sociales y de la filosofía. De un modo bastante contradictorio Smith se convirtió en el lúgubre profeta de algo llamado “el capitalismo”, y Rousseau de las utopías encantadoras más o menos socialistas. El divorcio rousseauniano entre moralidad y economía estuvo en la raíz de esta inversión del sentido de las ideas del escocés que encontramos, por ejemplo, en Karl Marx.

Procesos creativos: la economía como sistema emergente

Contra lo que defendía Rousseau, la producción y el comercio de bienes no son vicios artificiales derivados de la maldad social. Al contrario, el enriquecimiento material forma parte del enriquecimiento moral y cultural; todo constituye el mismo proceso.

La genialidad de Smith brilla especialmente al enfocar el mercado no como una institución, sino como un proceso. El mercado se mueve por la acción de una “mano invisible”, metáfora del hecho de que el mercado no surge de una decisión centralizada aunque esté regulado por leyes y normas, sino de la interacción espontánea de multitud de acciones particulares de intercambio y producción, oferta y demanda de bienes.

La economía es, como muchos fenómenos naturales y sociales, un sistema emergente –este libro de Steven Johnson explica la idea- y creativo. También implica que su evolución es difícil de prever e imposible de planificar por una autoridad central determinada, razón de que el librecambismo sea superior al proteccionismo, la libertad mejor que el imperialismo colonial, y la igualdad de oportunidades mucho más valiosa que los oligopolios. Si un gobierno o un oligopolio limitan en exceso la creativa espontaneidad de la actividad económica, lo único que consiguen es reducir la economía y perjudicar a la sociedad. Esta es, por cierto, la explicación teorética del fracaso inevitable de los experimentos socialistas –el último y catastrófico, el de Venezuela- que pretenden sustituir la espontaneidad por la planificación autoritaria y los fenómenos emergentes por el determinismo.

La estrecha relación entre moral y economía que descubre Adam Smith va aún más lejos. La importancia capital de la división del trabajo exige comprender los posibles efectos perversos que puede tener en la calidad de vida del trabajador industrial. El trabajo fraccionado en operaciones mecánicas y repetitivas es, en efecto, rentable pero alienante. Diríamos que es un gran negocio para la industria pero una mala inversión en términos morales: ninguna sociedad se beneficia de que los trabajadores manuales padezcan una existencia frustrante y embrutecida, como comenzaba a ser evidente en la Gran Bretaña del inicio de la revolución industrial, con su corolario de miseria, analfabetismo, alcoholismo, epidemias y otras lacras. Una sociedad desmoralizada es una sociedad económicamente atrasada.

Por eso el Estado debe facilitar la libertad económica y la expansión de los mercados, del comercio y la industria, pero también, sostiene Smith, y como parte del proceso de enriquecimiento de las naciones, debe facilitar la extensión de la educación, la igualdad de oportunidades y el cuidado moral de la calidad de vida de las personas, para rectificar los inconvenientes sociales de la actividad económica libre. Como puede verse, el considerado padre del liberalismo económico lo fue también del estado de bienestar más bien atribuido a la socialdemocracia. Adam Smith no sólo quedó fascinado por cierto taller industrial de alfileres, también profundizó como pocos en las consecuencias económicas de la naturaleza innata de los seres humanos, con su doble necesidad complementaria de libertad de acción y de protección social, derivada de la continuidad entre emociones, sentimientos y racionalidad. Hoy el mundo es muy diferente al de 1776, pero afrontamos nuevos desafíos –de las migraciones huyendo de la pobreza a la desaparición de los empleos tradicionales- a los que una lectura creativa de Adam Smith tiene aún mucho que ofrecer.



miércoles, 10 de julio de 2019

¿Qué podemos y qué no podemos decir sobre la efectividad de Madrid Central?

De Rafael Salas, Juan Prieto Rodríguez y María José Pérez Villadóniga

En los últimos días, especialmente desde la celebración de las últimas elecciones municipales, se ha intensificado el debate político sobre la efectividad de las medidas para reducir la contaminación conocidas como Madrid Central. La importancia de este debate queda patente en la cantidad de noticias publicadas en la prensa sobre el tema. A menudo los medios presentan información contradictoria y el lector avispado puede ver, debajo de la presentación de datos  aparentemente rigurosos, cómo cada cual trata de “arrimar el ascua a su sardina” (por ejemplo, ABC, El Mundo o El País). Más allá del debate político y la defensa de intereses privados que pudieran ser legítimos, a día de hoy la calidad del aire es un claro ejemplo de bien público. Por tanto, su provisión privada puede ser subóptima, teniendo que jugar el sector público un papel destacado. Para ello se precisa de buena información que ayude a la toma de decisiones.

En esta entrada, en línea con las ideas que ya expresamos en un artículo reciente en El País, trataremos de justificar por qué algunas de las cosas que se están diciendo sobre la efectividad de Madrid Central son inexactas, incluso cuando se basan en observaciones recientes sobre la polución ambiental en la capital.

Madrid Central entró en vigor el 1 de diciembre de 2018. En el Gráfico 1, utilizando medias anuales sobre emisiones de NO2 desde principios de 2015 hasta el 20 de mayo de 2019, sólo se puede observar una caída relevante en los niveles de contaminación en la Plaza del Carmen, que es la estación que mide la calidad del aire al interior de la zona afectada por las medidas de restricción de tráfico. Sin embargo, en el resto de las estaciones se observan aumentos, que han sido utilizados para justificar la baja eficacia de las medidas, y si éstas han supuesto simplemente una traslación de las emisiones de unas zonas a otras, en lo que se conoce como efecto frontera.

En un reciente artículo (que vincularemos, ya con todos los detalles, en los próximos días), mostramos, por el contrario, que los resultados sobre emisiones de NO2 descritos pueden explicarse por la interacción de tres elementos: las condiciones meteorológicas, la particular implementación de Madrid Central, y el hecho de sólo disponer de observaciones posteriores a la entrada en vigor de la medida, lo que representa escasamente seis meses de mediciones. Dado que estos factores están actuando a la vez, para poder llegar a conclusiones más robustas hay que calcular sus efectos separados e independientes.

Por ejemplo, pese a no disponer de datos para todos los meses de 2019, si comparamos las columnas 5 y 6 de la Tabla 1 a continuación que no tiene en cuenta las condiciones meteorológicas, se puede observar cómo en los cinco primeros meses del año las emisiones medidas en Plaza del Carmen se redujeron con respecto a la media anterior a la implementación de Madrid Central y que esta caída fue mayor que la observada para Cuatro Caminos, por ejemplo.1 Sin embargo, estas caídas podrían deberse a unas condiciones meteorológicas y ambientales favorables. En realidad ocurre que este tipo de análisis descriptivo de los datos, no deja de ser “la cuenta de la vieja”, y por sí mismo no podrá arrojar una respuesta clara.

Aprovechando que la implementación de esta política es lo que normalmente conocemos como un experimento natural, hemos llevado a cabo un análisis de diferencias en diferencias para aislar el efecto de Madrid Central. En concreto, controlando por variables meteorológicas (dirección y velocidad del viento, presión atmosférica, temperatura y humedad relativa), la condición de fin de semana o festivo, así como el mes, hemos calculado los efectos marginales en las emisiones de NO2 asociados a Madrid Central. Estos efectos marginales, representados en el Gráfico 2, indican los cambios en cada estación de medición de la calidad del aire asociados a esta política una vez tenidas en cuenta las condiciones meteorológicas y la época del año.

Como se puede observar, algunos cálculos estadísticos ligeramente más sofisticados, con controles temporales y de la evolución meteorológica, nos permiten estimar una reducción en las emisiones de NO2 asociadas a la aplicación de Madrid Central, de 11 μg/m³ en la Plaza del Carmen. Esta caída supondría situarse en niveles por debajo de los límites de la directiva europea (40 μg/m³), lo que no es baladí. Además, el resto de estaciones (salvo Plaza Elíptica) también presentan caídas estimadas, aunque, como era de esperar, de menor cuantía que las de Plaza del Carmen. La importancia de este resultado es que, pese a lo que defienden algunos medios basándose en datos meramente descriptivos, no se puede defender la existencia de un efecto frontera. Antes, al contrario, parece que los incentivos asociados a la aplicación de Madrid Central habrían supuesto cambios en los hábitos de transporte con efectos positivos más allá de la zona estricta de aplicación. Esta evidencia no contradice la posibilidad de discutir si más allá de las restricciones cuantitativas, las medidas de precios tan queridas para los economistas (peajes), podrían complementar  los resultados obtenidos de reducción de las emisiones contaminantes en la zona centro de Madrid y sus alrededores.

En cualquier caso, es muy probable que la moratoria y posible suspensión de Madrid Central revierta la prometedora tendencia que sugieren nuestras estimaciones, al cambiar de nuevo los incentivos sobre el uso del coche en Madrid. Como ya nos advirtió Roy Batty (Blade Runner) “todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia” y la iniciativa más seria y ambiciosa de nuestro país para combatir los efectos nocivos de la polución sobre la salud y el medioambiente habrá sido inútil.

Nota

[1] Pueden consultarse los datos de NO2 actualizados dentro de la zona de Madrid Central (Plaza del Carmen) y su comparación con una estación de referencia cercana (Cuatro Caminos) en: http://www.salasweb.info/Madrid%20Central.pdf



“Todo es nefasto para España”

Un gobierno de coalición es nefasto para España Un gobierno monocolor es nefasto para España La continuidad de la Monarquía en pleno sistema democrático es nefasta para España La instauración de una República es totalmente nefasta para España La resolución del conflicto en Cataluña mediante el diálogo político es nefasta para España El inmovilismo político como receta para solucionar el conflicto en Cataluña es nefasto para España Las disputas de la izquierda son nefastas para España La unidad de la izquierda es nefasta para España El libre mercado y la sociedad de consumo son nefastos para España El control y la regulación pública de la economía son nefastos para España La cesión de soberanía a la UE y la integración en esta son nefastas para España La salida de la UE y la mayor autonomía e independencia con respecto a esta son nefastas para España Una repetición electoral es nefasta para España Una investidura con apoyos de la izquierda y partidos nacionalistas es nefasta para España El adoctrinamiento religioso y político en las aulas es nefasto para España El inculcamiento de valores cívicos y laicos en las aulas es nefasto para España El feminismo es una corriente ideológica nefasta para España La violencia machista y el techo de cristal son aspectos nefastos para España La inmigración produce una mezcla cultural y social nefasta para España La inmigración abandonada a su suerte más allá de las vallas y los océanos es nefasta para España Lo que diga Zapatero siempre -SIEMPRE- es nefasto para España Lo que diga Aznar es nefasto, naturalmente, para España

La entrada “Todo es nefasto para España” aparece primero en El Captor - Economía y Opinión.